Salomé-VIII

En el nacimiento de mi primogénito

A mi esposo

¡Levántate, alma mía, 
por el materno amor transfigurada, 
y a los confines del espacio envía 
el himno de la dicha inesperada.

Y tú, que abres conmigo 
a esa ternura nueva el pecho en gozo, 
tú que compartes cuanto sueño abrigo, 
cuanta ilusión feliz es mi alborozo,

ven, y los dos a una 
el cántico de amor juntos alcemos, 
y del pequeño ser ante la cuna 
el alba del futuro saludemos:

el alba de esa vida 
que a iluminar nuestro horizonte alcanza, 
y a cuya luz vislumbra estremecida 
espacios infinitos de esperanza.

Los cielos se inclinaron, 
y descendió al hogar entre armonías 
el ángel que mis sueños suspiraron, 
nuncio de bendiciones y alegrías.

¡Oh, cómo se estremece 
engrandecida la existencia ufana 
pensando de esa aurora que amanece 
vivir reproducida en el mañana!

De hoy más, un sueño solo, 
una sola ambición tras el destine, 
a nuestras almas servirá de polo, 
del tiempo al avanzar en el camino.

¡Oh, sí! Limpiar de abrojos 
la senda preparada al ser que nace, 
al bien y a la virtud abrir sus ojos 
y el peligro desviar que le amenace.

Y así, como entre flores, 
ajeno a la maldad, al vicio ajeno, 
verle a lo grande tributar honores 
y el alto aprecio merecer del bueno.

Y así a la Patria, al mundo, 
como prenda de paz y de amor santo, 
en acciones magnánimas fecundo 
un miembro digno regalar en tanto.

¡Doblemos el aliento! 
Vamos al porvenir, la fe en el alma, 
para él a conquistar con ardimiento 
de ciencia, de virtud, de bien la palma.


florecitas

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