Vigil Díaz-III

Rapsodia

Para Guillermo González

Árboles de la villa blanca de San Carlos:
    uno,
    dos,
    tres,
    cuatro,
    cinco;
cinco aortas llenas de sangre;
cinco basílicas de misteriosas sombras donde descansa mi ánimula desgarrada por las zarpas atorrantes de la hora;
    cinco ánforas de perfumes que lactan las blancas y azules serpientes de mis sueños y mis quimeras;
    cinco jarrones de verdes y perfumados aceites de frescura;
    lámparas piadosas, jocundas a veces y a veces tristísimas;
estáticas a veces, y a veces movibles como velámenes;
    a veces repujadas de oro de estrellas o de plata lunar;
    ¡estradivarios metafísicos, simbólicos violencelos!... al pasar el viento sus crines por la urdimbre de vuestros ramazones, 
he sentido el misterio de las selvas solitarias;
  las arengas de Matatías, el guerrero bíblico;
   las quejas de Leopardi;
    las lágrimas de Kociusco;
      los siete sellos de Emerson y las crueldades de Marte;
Árboles de la villa blanca de San Carlos;
    en la armonía pitagórica de la alta noche, he sentido los festines de Nínive y Babilonia;
    he visto los estercoleros de Job y los círculos candentes del Dante;
    a Mercurio y Schiarlock pesando oro;
    a Moloch y Nernrod bebiendo sangre:
    a Artel y el Marqués de Lafayette estribando en el pegaso alado...
Árboles de la villa blanca de San Carlos: 
cipos fantásticos de mi nostálgica necrópoli ideal, yo he cincelado en vuestras cortezas y en mi alma: no hay que perder la esperanza...

florecitas

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