Vigil Díaz-IV

Tímpano de la montaña

Mi querida, 
que es una negra retinta, 
dulce y armoniosa como el cuello de una cítara
    de ébano,
con pulpa de coco en la sonrisa 
y esencia de mandrágora en los dobleces, 
me aguardó en la talanquera 
para decirme: 
«el cabrón ha muerto».
En un lecho de piedras,  junto a los corrales,  pulido por su cuerpo velludo y rijoso,  está tendido el padre  y señor  del aprisco.
La luna de anoche amortajó su cadáver,  y el sol de esta mañana,  calentó las esponjas de sus barbas patriarcales.
En los libros de amor de Publio Ovidio Nasón  aprendió el arte de amar,  y conquistó mil borregas  con la siringa de Pan.
Para que no coman de su lúbrica carroña     famélicos canes, le haremos exequias griegas en la sabana.

florecitas

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