Animales IV

San Francisco de Asís entre los Pájaros

San Franciso y las aves
San Franciso de Asís con las aves.
Foto de Rosalina Perdomo Montalvo

Por Emilio A. Morel (1884-1958)

-I-

San Francisco de Asís erraba un día
por remotos parajes, preguntando
a cuanto ser veía
si lo acosaba el hambre, si quería
pan del pan que su mano iba dejando
a la miseria cruda y sin abrigo:
pan de resignación y pan de trigo.

San Francisco de Asís buscaba un día
vidas atormentadas
por el dolor, cuando en el seno agreste
y hojoso de la Umbría
encontró la piedad de sus miradas
a un ruiseñor que estaba en la agonía.
-Hermano Ruiseñor… -exclamó el Santo,
con los brazos en cruz- hermano mío,
dime si tu quebranto
lo concibió la voluntad del cielo,
o si fue la del suelo
para secar las fuentes de tu canto.

El ruiseñor no contestó. La suave
bondad del Santo se inclinó hacia el ave
para decirle: -Hermano,
ven a mi soledad hasta que vuelva
la salud a tus carnes;
allí no encontrarás florida selva
ni paraje florido,
sino el crudo rigor de los veranos:
mas, para darte la ilusión de un nido
fresco y amable, te daré mis manos.

Y San Francisco se llevó consigo
al ruiseñor enfermo. Y fue tan dulce
el amoroso abrigo,
y tan hijo del cielo
el infinito celo
que el ave halló en el corazón del Santo,
que a poco tiempo levantaron, juntos,
una oración el uno: el otro un canto.

-II-

Enfermo y solo… Lejos de la gente,
que ignoraba su mal, pensaba el Santo
en que ya la Implacable
rondaba ansiosamente
la tosca celda en que la limpia fuente
de su misericordia inagotable
cantaba el bien, tan armoniosamente.

Y dijo al ruiseñor: -Mi buen hermano,
muy pronto a mí me faltará el aliento,
y a ti la débil mano
que te busca el sustento;
vuélvete, pues, al bosque y que te ayude
la mansa diestra del hermano Viento.

Y así dijo a los otros
pájaros: -Vuestro nido
os espera, volved a vuestro prado;
y si encontráis que ha sido destrozado
vuestro hogar venturoso, como he sido
yo para con vosotros, sed vosotros
con el que hubiere roto vuestro nido.

¿No sabéis que se encuentra
la hermana Muerte en el umbral, queriendo
que mi conformidad le diga: entra?

Y gimió el desconsuelo
del ruiseñor: -¡Oh, déjame a tu lado
para verte cruzar, transfigurado,
los caminos del cielo!

La turba alada dijo entonces: -¡Falta
que nos enseñes la virtud más alta,
la de morir sonriendo!
Y cuando hablaron todos de tal suerte,
San Francisco de Asís sonrió, diciendo:
-Entrad, hermana Muerte…


Publicado en Dos Siglos de Literatura Dominicana. I – Poesía. 1996. Colección Sesquicentenario de la Independencia Nacional. Vol. X. Santo Domingo, República Dominicana.


florecitas

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